miércoles, 2 de septiembre de 2026

LA FLOR ENTRE LAS RUINAS, un poema de Isis Estrada

 

Llegué a la casa una tarde de septiembre,

cuando el verano comenzaba a retirarse de los campos

y una luz cansada se demoraba sobre las piedras.

No sé exactamente por qué me detuve.

Desde el camino apenas podía verse lo que quedaba de la fachada:

dos paredes vencidas por la humedad,

una ventana sin cristales

y el esqueleto oscuro de una puerta

que ya no separaba el mundo exterior de ninguna intimidad.

 

Había casas abandonadas por toda aquella región.

Casas que el tiempo había ido devolviendo

lentamente a la tierra,

sin violencia y sin ceremonia,

como devuelve el bosque una rama caída al musgo

y el mar una embarcación hundida a la sal.

 

Pero aquella casa tenía algo distinto.

 

Quizá fuera el modo en que permanecía abierta hacia el cielo,

como si después de tantos años

de proteger a quienes vivieron dentro

hubiera terminado por renunciar a toda defensa.

 

Empujé la puerta, aunque en realidad no era necesario:

uno de sus goznes se había desprendido

y la madera descansaba inclinada contra la pared.

 

Entré.

El suelo estaba cubierto de hojas secas,

fragmentos de yeso y pequeñas piedras.

Mis pasos levantaron un polvo tenue

que permaneció suspendido unos segundos en la luz,

y tuve la absurda sensación de haber interrumpido algo.

No un silencio.

Algo más antiguo que el silencio.

La casa todavía recordaba.

 

Lo comprendí al mirar una de las paredes del corredor,

donde permanecía un rectángulo más claro

sobre el papel tapiz desteñido:

allí había colgado durante años un retrato.

Alguien lo retiró antes de marcharse.

Quizá lo envolvió cuidadosamente en una sábana.

Quizá lo sostuvo contra el pecho

mientras atravesaba por última vez aquella puerta.

Quizá lo abandonó después en otra casa,

en otro país,

en otro cajón donde nadie supo ya

quiénes eran aquellas personas inmóviles

mirando hacia una cámara.

 

Un poco más adelante

encontré unas líneas de lápiz sobre la pared.

Junto a ellas todavía podían distinguirse

algunas fechas y números.

Un niño había sido medido allí durante varios años.

Imaginé la espalda pequeña

pegada contra el muro,

los talones juntos,

una madre inclinándose

para apoyar un libro sobre su cabeza,

una voz celebrando cada centímetro

como si crecer fuera una hazaña irrepetible.

 

Y quizá lo era.

 

Pensé que aquel niño habría deseado

desesperadamente ser mayor.

Todos los niños cometen alguna vez esa impaciencia.

Ignoran que llegará un día

en que darían cualquier cosa

por regresar durante cinco minutos

a la pared donde alguien marcaba con lápiz

la altura de su cuerpo.

 

Seguí caminando.

 

Había un clavo oxidado

donde alguna vez debió de colgar un espejo,

una mancha circular sobre el suelo

donde quizá estuvo una mesa,

una baldosa quebrada,

una cuchara ennegrecida y,

debajo de los restos de lo que había sido la cocina,

encontré una taza partida por la mitad.

Todavía conservaba una pequeña flor azul

pintada en el borde.

La sostuve entre mis manos.

No valía nada.

Y, sin embargo,

alguien había bebido de ella cientos de mañanas.

Alguien la había llevado hasta sus labios

mientras pensaba en las cosas insignificantes

que llenan casi toda una vida:

lo que faltaba comprar,

una deuda,

el clima,

una visita anunciada para el domingo,

el dolor de una rodilla,

una carta que no llegaba,

la camisa que había que remendar,

el pan que comenzaba a quemarse en el horno.

Me pregunté cuál habría sido la última mañana de aquella taza.

Nadie sabe cuándo hace algo por última vez.

 

Ésa es una de las crueldades más discretas del tiempo.

 

La última vez que cerramos una puerta,

la última vez que escuchamos una voz,

la última vez que una madre nos llama por nuestro nombre

desde otra habitación,

la última vez que un perro corre hacia nosotros,

la última cena alrededor de una mesa,

el último beso

que todavía creemos uno más entre muchos.

 

Casi nunca hay música de fondo.

Nadie anuncia:

recuerda este instante, porque no volverá.

 

La vida simplemente continúa sus pasos

y cuando volvemos la cabeza

ya existe una distancia imposible.

 

Me senté sobre lo que quedaba de una escalera.

Desde allí podía imaginar la casa completa.

No como había sido realmente

(eso jamás podría saberlo),

sino como la memoria inventa

aquello que necesita comprender.

 

Vi una mesa en el comedor.

Vi platos.

Vi unas manos cortando pan.

Vi a alguien llegar tarde durante una noche de invierno

y encontrar una lámpara encendida,

porque otra persona,

a pesar del enojo,

había decidido esperarlo.

Vi una mujer llorando detrás de una puerta

para que sus hijos no la escucharan.

Vi una discusión absurda

cuyo motivo desapareció hace décadas,

aunque quizá las palabras

pronunciadas durante aquella discusión

sobrevivieron mucho más tiempo.

 

Vi una pareja besándose junto a una ventana.

Vi una enfermedad.

Vi un cumpleaños con demasiadas velas.

Vi zapatos pequeños junto a la entrada

y después zapatos cada vez más grandes.

Vi cartas escondidas en un cajón.

Vi domingos interminables.

Vi aburrimiento.

Vi deseo.

Vi rencores alimentados con una paciencia

que habría sido admirable si se hubiera utilizado para amar.

 

Vi también perdones.

Algunos llegaron a tiempo.

Otros llegaron cuando ya no quedaba nadie capaz de recibirlos.

 

Y pensé que eso había sido una casa.

No las paredes.

No las vigas.

No el techo.

Una acumulación magnífica de instantes

que quienes los vivieron consideraron ordinarios

hasta que dejaron de existir.

 

Después, en algún momento, la casa comenzó a vaciarse.

Tal vez primero murió alguien.

Tal vez los hijos se marcharon.

Tal vez una mañana cerraron las ventanas,

cargaron los muebles en un camión

y alguien guardó la llave en un bolsillo

creyendo que regresaría.

 

No regresaron.

El invierno entró por una ventana rota.

La lluvia encontró una grieta.

La grieta se hizo herida

y la herida se convirtió lentamente en derrumbe.

Primero cayó una parte del techo.

Después cedió una pared.

Las raíces levantaron las baldosas

y las hormigas comenzaron a atravesar el comedor

siguiendo rutas que no respetaban puertas,

habitaciones

ni antiguas jerarquías familiares.

 

El musgo cubrió los escalones.

Los pájaros hicieron nidos

donde alguna vez hubo cortinas.

Y el cielo,

que durante décadas había sido apenas

un rectángulo contemplado detrás de los cristales,

entró finalmente en la casa.

Entero.

 

Entonces la vi.

Estaba cerca de lo que debió de ser el salón,

creciendo entre dos ladrillos rotos.

 

Una flor.

 

No era especialmente hermosa.

Eso fue lo primero que pensé.

Era pequeña, silvestre, de pétalos pálidos,

y su tallo era tan delgado

que parecía imposible que hubiera conseguido

atravesar aquella tierra endurecida.

 

Me acerqué.

Había algo casi ofensivo en su presencia.

No sé expresarlo de otra manera.

Después de todo lo que aquella casa había perdido,

después de las voces desaparecidas,

de los cuerpos convertidos en polvo,

de las fotografías borradas por la humedad,

de las promesas incumplidas

y los nombres que quizá ya nadie pronunciaba,

la vida había respondido con aquello.

 

Una flor diminuta.

 

Me pareció insuficiente.

Terriblemente insuficiente.

Pensé que ante ciertas pérdidas

la belleza puede llegar a parecernos

una insolencia.

 

¿Cómo se atreve a amanecer el día después de una muerte?

¿Cómo pueden continuar cantando los pájaros

cuando alguien acaba de perder aquello que amaba?

¿Cómo puede un árbol

cubrirse nuevamente de hojas frente a una ventana

desde la cual ya nadie volverá a contemplarlo?

 

Hay momentos en que quisiéramos

que el mundo tuviera la decencia de detenerse.

Pero el mundo carece de esa clase de cortesía.

Continúa.

Y quizá ésa sea, al mismo tiempo,

su crueldad y su misericordia.

 

Me arrodillé junto a la flor.

Nadie la había plantado.

Tal vez una semilla había llegado

adherida al plumaje de un pájaro,

o había viajado durante kilómetros

arrastrada por el viento.

Tal vez permaneció años bajo la tierra

esperando una combinación improbable

de lluvia, luz y ruina.

 

Porque antes no habría podido crecer allí.

Eso fue lo que comprendí.

Cuando la casa estaba intacta,

aquel lugar tenía un suelo de piedra.

Había una pared.

Había un techo.

Había muebles.

Había seres humanos

ocupando cada espacio con sus necesidades,

sus objetos y sus historias.

 

La flor sólo pudo existir cuando todo aquello desapareció.

Y esa idea me perturbó.

No quería convertir la destrucción en una enseñanza.

 

Hay una manera demasiado fácil de hablar del dolor

cuando el dolor pertenece a otros.

Decimos que todo ocurre por alguna razón,

que cada pérdida trae consigo un regalo,

que las heridas nos hacen más fuertes.

A veces esas frases son apenas

una forma elegante de apartar la mirada.

 

No.

La casa no había tenido que caer para que naciera aquella flor.

Los muertos no habían tenido que morir.

Los abandonos no habían sido necesarios.

El sufrimiento no adquiría retrospectivamente

una bondad que nunca tuvo.

La flor no justificaba nada.

No explicaba nada.

No reparaba nada.

Y precisamente por eso

comenzó a parecerme hermosa.

Porque no venía a corregir el pasado.

Venía después.

Ésa era toda su verdad.

 

Comprendí entonces

cuánto tiempo había confundido yo misma

sanar con reconstruir.

Había pensado que superar una pérdida

significaba encontrar los mismos ladrillos,

levantar nuevamente las paredes,

colocar cada objeto en su sitio

y conseguir,

mediante algún prodigio de voluntad,

que el mundo volviera a parecerse

al instante anterior a la catástrofe.

Había querido recuperar

habitaciones que ya no existían.

Había llamado esperanza

al deseo de retroceder.

 

Pero la vida no retrocede.

Puede recordar.

Puede conservar cicatrices.

Puede llevar durante décadas el perfume

de alguien que ya no está.

Pero no retrocede.

 

La vida no reconstruyó aquella casa.

No devolvió las voces.

No reparó la taza.

No borró la humedad de las paredes.

No hizo regresar al niño

cuya altura seguía marcada con lápiz.

 

Hizo otra cosa.

Algo que no estaba previsto.

Algo que no pertenecía a la historia anterior.

 

La vida hizo una flor.

 

Y de pronto comprendí

que quizá las transformaciones más profundas

comienzan precisamente allí:

cuando dejamos de exigirle al futuro

que se parezca al pasado.

 

Nos sentamos frente a lo que desapareció

y contamos las ausencias.

Aquí estaba mi casa.

Aquí estaba mi amor.

Aquí estaba mi juventud.

Aquí estaba la persona que fui.

Aquí estaba aquello que pensé que duraría para siempre.

 

Y quizá,

mientras pronunciamos esas palabras,

mientras la vida sigue, y sin darnos cuenta,

algo diminuto y bello está creciendo entre los escombros,

algo diminuto y bello está creciendo en el interior

de nosotros.


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