Llegué a la casa una tarde de
septiembre,
cuando el verano comenzaba a
retirarse de los campos
y una luz cansada se demoraba
sobre las piedras.
No sé exactamente por qué me
detuve.
Desde el camino apenas podía
verse lo que quedaba de la fachada:
dos paredes vencidas por la
humedad,
una ventana sin cristales
y el esqueleto oscuro de una
puerta
que ya no separaba el mundo
exterior de ninguna intimidad.
Había casas abandonadas por toda
aquella región.
Casas que el tiempo había ido
devolviendo
lentamente a la tierra,
sin violencia y sin ceremonia,
como devuelve el bosque una rama
caída al musgo
y el mar una embarcación hundida
a la sal.
Pero aquella casa tenía algo
distinto.
Quizá fuera el modo en que
permanecía abierta hacia el cielo,
como si después de tantos años
de proteger a quienes vivieron
dentro
hubiera terminado por renunciar
a toda defensa.
Empujé la puerta, aunque en
realidad no era necesario:
uno de sus goznes se había
desprendido
y la madera descansaba inclinada
contra la pared.
Entré.
El suelo estaba cubierto de
hojas secas,
fragmentos de yeso y pequeñas
piedras.
Mis pasos levantaron un polvo
tenue
que permaneció suspendido unos
segundos en la luz,
y tuve la absurda sensación de
haber interrumpido algo.
No un silencio.
Algo más antiguo que el
silencio.
La casa todavía recordaba.
Lo comprendí al mirar una de las
paredes del corredor,
donde permanecía un rectángulo
más claro
sobre el papel tapiz desteñido:
allí había colgado durante años
un retrato.
Alguien lo retiró antes de
marcharse.
Quizá lo envolvió cuidadosamente
en una sábana.
Quizá lo sostuvo contra el pecho
mientras atravesaba por última
vez aquella puerta.
Quizá lo abandonó después en
otra casa,
en otro país,
en otro cajón donde nadie supo
ya
quiénes eran aquellas personas
inmóviles
mirando hacia una cámara.
Un poco más adelante
encontré unas líneas de lápiz
sobre la pared.
Junto a ellas todavía podían
distinguirse
algunas fechas y números.
Un niño había sido medido allí
durante varios años.
Imaginé la espalda pequeña
pegada contra el muro,
los talones juntos,
una madre inclinándose
para apoyar un libro sobre su
cabeza,
una voz celebrando cada
centímetro
como si crecer fuera una hazaña
irrepetible.
Y quizá lo era.
Pensé que aquel niño habría
deseado
desesperadamente ser mayor.
Todos los niños cometen alguna
vez esa impaciencia.
Ignoran que llegará un día
en que darían cualquier cosa
por regresar durante cinco
minutos
a la pared donde alguien marcaba
con lápiz
la altura de su cuerpo.
Seguí caminando.
Había un clavo oxidado
donde alguna vez debió de colgar
un espejo,
una mancha circular sobre el
suelo
donde quizá estuvo una mesa,
una baldosa quebrada,
una cuchara ennegrecida y,
debajo de los restos de lo que
había sido la cocina,
encontré una taza partida por la
mitad.
Todavía conservaba una pequeña
flor azul
pintada en el borde.
La sostuve entre mis manos.
No valía nada.
Y, sin embargo,
alguien había bebido de ella
cientos de mañanas.
Alguien la había llevado hasta
sus labios
mientras pensaba en las cosas
insignificantes
que llenan casi toda una vida:
lo que faltaba comprar,
una deuda,
el clima,
una visita anunciada para el
domingo,
el dolor de una rodilla,
una carta que no llegaba,
la camisa que había que
remendar,
el pan que comenzaba a quemarse
en el horno.
Me pregunté cuál habría sido la
última mañana de aquella taza.
Nadie sabe cuándo hace algo por
última vez.
Ésa es una de las crueldades más
discretas del tiempo.
La última vez que cerramos una
puerta,
la última vez que escuchamos una
voz,
la última vez que una madre nos
llama por nuestro nombre
desde otra habitación,
la última vez que un perro corre
hacia nosotros,
la última cena alrededor de una
mesa,
el último beso
que todavía creemos uno más
entre muchos.
Casi nunca hay música de fondo.
Nadie anuncia:
recuerda este instante, porque
no volverá.
La vida simplemente continúa sus
pasos
y cuando volvemos la cabeza
ya existe una distancia
imposible.
Me senté sobre lo que quedaba de
una escalera.
Desde allí podía imaginar la
casa completa.
No como había sido realmente
(eso jamás podría saberlo),
sino como la memoria inventa
aquello que necesita comprender.
Vi una mesa en el comedor.
Vi platos.
Vi unas manos cortando pan.
Vi a alguien llegar tarde
durante una noche de invierno
y encontrar una lámpara
encendida,
porque otra persona,
a pesar del enojo,
había decidido esperarlo.
Vi una mujer llorando detrás de
una puerta
para que sus hijos no la
escucharan.
Vi una discusión absurda
cuyo motivo desapareció hace
décadas,
aunque quizá las palabras
pronunciadas durante aquella
discusión
sobrevivieron mucho más tiempo.
Vi una pareja besándose junto a
una ventana.
Vi una enfermedad.
Vi un cumpleaños con demasiadas
velas.
Vi zapatos pequeños junto a la
entrada
y después zapatos cada vez más
grandes.
Vi cartas escondidas en un
cajón.
Vi domingos interminables.
Vi aburrimiento.
Vi deseo.
Vi rencores alimentados con una
paciencia
que habría sido admirable si se
hubiera utilizado para amar.
Vi también perdones.
Algunos llegaron a tiempo.
Otros llegaron cuando ya no
quedaba nadie capaz de recibirlos.
Y pensé que eso había sido una
casa.
No las paredes.
No las vigas.
No el techo.
Una acumulación magnífica de
instantes
que quienes los vivieron
consideraron ordinarios
hasta que dejaron de existir.
Después, en algún momento, la
casa comenzó a vaciarse.
Tal vez primero murió alguien.
Tal vez los hijos se marcharon.
Tal vez una mañana cerraron las
ventanas,
cargaron los muebles en un
camión
y alguien guardó la llave en un
bolsillo
creyendo que regresaría.
No regresaron.
El invierno entró por una
ventana rota.
La lluvia encontró una grieta.
La grieta se hizo herida
y la herida se convirtió
lentamente en derrumbe.
Primero cayó una parte del
techo.
Después cedió una pared.
Las raíces levantaron las
baldosas
y las hormigas comenzaron a
atravesar el comedor
siguiendo rutas que no
respetaban puertas,
habitaciones
ni antiguas jerarquías
familiares.
El musgo cubrió los escalones.
Los pájaros hicieron nidos
donde alguna vez hubo cortinas.
Y el cielo,
que durante décadas había sido
apenas
un rectángulo contemplado detrás
de los cristales,
entró finalmente en la casa.
Entero.
Entonces la vi.
Estaba cerca de lo que debió de
ser el salón,
creciendo entre dos ladrillos rotos.
Una flor.
No era especialmente hermosa.
Eso fue lo primero que pensé.
Era pequeña, silvestre, de
pétalos pálidos,
y su tallo era tan delgado
que parecía imposible que
hubiera conseguido
atravesar aquella tierra
endurecida.
Me acerqué.
Había algo casi ofensivo en su
presencia.
No sé expresarlo de otra manera.
Después de todo lo que aquella
casa había perdido,
después de las voces
desaparecidas,
de los cuerpos convertidos en
polvo,
de las fotografías borradas por
la humedad,
de las promesas incumplidas
y los nombres que quizá ya nadie
pronunciaba,
la vida había respondido con
aquello.
Una flor diminuta.
Me pareció insuficiente.
Terriblemente insuficiente.
Pensé que ante ciertas pérdidas
la belleza puede llegar a
parecernos
una insolencia.
¿Cómo se atreve a amanecer el
día después de una muerte?
¿Cómo pueden continuar cantando
los pájaros
cuando alguien acaba de perder
aquello que amaba?
¿Cómo puede un árbol
cubrirse nuevamente de hojas
frente a una ventana
desde la cual ya nadie volverá a
contemplarlo?
Hay momentos en que quisiéramos
que el mundo tuviera la decencia
de detenerse.
Pero el mundo carece de esa
clase de cortesía.
Continúa.
Y quizá ésa sea, al mismo
tiempo,
su crueldad y su misericordia.
Me arrodillé junto a la flor.
Nadie la había plantado.
Tal vez una semilla había
llegado
adherida al plumaje de un
pájaro,
o había viajado durante
kilómetros
arrastrada por el viento.
Tal vez permaneció años bajo la
tierra
esperando una combinación
improbable
de lluvia, luz y ruina.
Porque antes no habría podido
crecer allí.
Eso fue lo que comprendí.
Cuando la casa estaba intacta,
aquel lugar tenía un suelo de
piedra.
Había una pared.
Había un techo.
Había muebles.
Había seres humanos
ocupando cada espacio con sus
necesidades,
sus objetos y sus historias.
La flor sólo pudo existir cuando
todo aquello desapareció.
Y esa idea me perturbó.
No quería convertir la
destrucción en una enseñanza.
Hay una manera demasiado fácil
de hablar del dolor
cuando el dolor pertenece a
otros.
Decimos que todo ocurre por
alguna razón,
que cada pérdida trae consigo un
regalo,
que las heridas nos hacen más
fuertes.
A veces esas frases son apenas
una forma elegante de apartar la
mirada.
No.
La casa no había tenido que caer
para que naciera aquella flor.
Los muertos no habían tenido que
morir.
Los abandonos no habían sido
necesarios.
El sufrimiento no adquiría
retrospectivamente
una bondad que nunca tuvo.
La flor no justificaba nada.
No explicaba nada.
No reparaba nada.
Y precisamente por eso
comenzó a parecerme hermosa.
Porque no venía a corregir el
pasado.
Venía después.
Ésa era toda su verdad.
Comprendí entonces
cuánto tiempo había confundido
yo misma
sanar con reconstruir.
Había pensado que superar una
pérdida
significaba encontrar los mismos
ladrillos,
levantar nuevamente las paredes,
colocar cada objeto en su sitio
y conseguir,
mediante algún prodigio de
voluntad,
que el mundo volviera a
parecerse
al instante anterior a la
catástrofe.
Había querido recuperar
habitaciones que ya no existían.
Había llamado esperanza
al deseo de retroceder.
Pero la vida no retrocede.
Puede recordar.
Puede conservar cicatrices.
Puede llevar durante décadas el
perfume
de alguien que ya no está.
Pero no retrocede.
La vida no reconstruyó aquella
casa.
No devolvió las voces.
No reparó la taza.
No borró la humedad de las
paredes.
No hizo regresar al niño
cuya altura seguía marcada con
lápiz.
Hizo otra cosa.
Algo que no estaba previsto.
Algo que no pertenecía a la
historia anterior.
La vida hizo una flor.
Y de pronto comprendí
que quizá las transformaciones
más profundas
comienzan precisamente allí:
cuando dejamos de exigirle al
futuro
que se parezca al pasado.
Nos sentamos frente a lo que
desapareció
y contamos las ausencias.
Aquí estaba mi casa.
Aquí estaba mi amor.
Aquí estaba mi juventud.
Aquí estaba la persona que fui.
Aquí estaba aquello que pensé
que duraría para siempre.
Y quizá,
mientras pronunciamos esas
palabras,
mientras la vida sigue, y sin darnos cuenta,
algo diminuto y bello está creciendo entre los escombros,
algo diminuto y bello está creciendo en el interior
de nosotros.
* * * * * * * * * * * * * * * *
Muchas gracias por leer mis poemas. Te invito a conocer mis libros publicados en Amazon (terapias alternativas, esoterismo, misticismo) sobre Reiki, Reencarnación de Vidas Pasadas, Desarrollo de Poderes Psíquicos, etc., en formato libro impreso o digital:
Amazon.com: Isis Estrada: books, biography, latest update
O si prefieres tomar mis cursos online sobre los mismos temas, te invito a conocerlos en la reconocida plataforma de Udemy:
Dra. Isis Estrada | Terapeuta alternativa, autora de libros e instructora. | Udemy
No hay comentarios:
Publicar un comentario